sin titulo

Se despertaron livianos y con hambre. Comieron y hablaron como siempre, pero ya no eran lo mismos. Algo había cambiado de lugar. A su alrededor los muebles y sus cosas estaban tal cual las habían dejado la noche anterior. Aquel viejo sillón seguía siendo incómodo, el agua se sentía fría sobre la cara y el azúcar era demasiada en el café. El se vistió para hacer sus cosas del domingo, comprar el almuerzo, el diario y arreglar el frente de la casa. Ella se ducho y espero acurrucada en la cama. Quería esperar a ver si todo volvía como ayer.

En el supermercado escogió lo de siempre, sin pensar. Fue por el diario, pero esta vez paso sin saludar. De regreso, acomodó la cocina colgó su chaqueta en la puerta del cuarto. Al verla en la cama, tapada hasta el cuello casi no reconoce su rostro. Era como un ladrón en casa. Tomos sus herramientas y se fue a cortar el pasto.

El ruido de la máquina era ajeno desde la cama. Se levanto y se vistió. Sin pensarlo fue tomando sus cosas y poniéndolas en su maleta tirada en el suelo. Ya sabía que se iba como si la maleta ordenara a su alma.

Luego de un almuerzo silencioso lavaron los platos inmediatamente por primera vez en mucho tiempo. Sus cuerpos sobraran en el ambiente y solo se reconocían en el quehacer cotidiano.

El aire se tornaba denso y el cruce de miradas era cada vez mas cortante. Ella sabía que sobraba en aquel decorado y empezó a ver todo por última vez, buscando sus cosas entre las de él.

Busco su maleta y él la ayudó. Se fueron a la ciudad y luego de un deambular se metieron en el cine. Fue como ver una película con sonidos y vacía de imágenes. No les quedaba nada de ella, pero no lo podían compartir. Ella miró a su compañero y no sabía como llamarlo. Como si le hubieran robado el nombre. Entonces miró la calle e hizo ademanes de seguir por su cuenta.

El accedió sin siquiera tener la necesidad de retenerla. Se besaron, pero los labios estaban fríos y los rostros eran ajenos. Los cuerpos se distanciaron rápidamente, ella tomó su maleta y comenzó a caminar, le daba los mismo el metro que el autobús. Tomó el autobús que pasaba. Él la vio subirse y luego se alejó.

Era la ultima vez que se vieron.

Ella giró y lo vio girar y caminar en dirección contraria perdiéndose en la multitud. Y se dio cuenta que no sentía nada. Que su corazón no se desgarraba ni siquiera palpitaba fuerte.

El la vio subirse y mezclarse con la gente que mostraba el boleto. Todos los pasajeros eran igual de extraños. Giró y tomó el metro a casa. Al bajar las escaleras se dio cuenta que volvía a estar solo y que su mundo no se derrumbaba, y que nunca estuvo mas apático que cuando la vio por última vez.

Si, ella se sentía apática. Al final del día logró enterarse que sufría apatía, y muy aguda. Pero sufrir apatía… sufrir. No, el tampoco sentía que sufría. Y ya sentados, mirando a la gente a su alrededor supieron que ya no sentían. Ya les costaba recordar como era el sufrimiento, el miedo, la alegría, el alivio. Ya se habían desdibujados todos los sentimientos de sus almas. Y pasaban los segundos, pero no, no volvían. Quizás en otro momento alguien se los podía volver a descubrir.

Era que se siente en la medida que alguien sienta por uno. O había otras dos personas que ya habían tomado sus sentimientos respectivos, y estaban al asecho de sus almas huérfanas.

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